Las personas, para bien o para mal... nunca llegan a ser perfectas. Incluso en su mayor grado de intento de perfección, acaban por caer en una loca obsesión que les lleva a una perdición de la cordura. Sin embargo, yo, creo haber encontrado la excepción a la regla. David. Si me pidiesen que le describiese, tardaría horas en decir todo lo que me gusta de él. La primera persona que, sin importarle la hora, me coge el teléfono si ve que Nube Recoqueta es la llamada entrante. El mismo que nunca duda en presentarse en mi casa buscando un beso que endulce el amargo sabor de las peleas que tanto tenemos. Sin duda, el mejor. Pero, puede que lo que más me guste de él es, su paciencia. Sus ganas de siempre querer un poquito más de mí. Su afán por reintentar una y otra vez esta historia, evitando dejarla a medias. Si hay algo de lo que realmente me arrepiento es de no saber tratarle como se merece. De no darle todo el cariño que él es capaz de ofrecerme. Ser arisca y cerrarle las puertas por puro orgullo. Pero, a pesar de ello... Él nunca se enfada. Él siempre tiene una sonrisa para mi, un hombro donde volver a empapar su chaqueta, unas manos para relajarme en época de exámenes, unos brazos para dormirme las noches que, caprichosamente, nos toca pasarlas juntos... y son las mejores noches del año. No me faltes mi vida, no puedo perderte.
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