lunes, 8 de agosto de 2011

Cuando estás en un avión te pasan mil cosas por la cabeza. Haces que las dos horas y media de trayecto se conviertan en una reflexión personal. A veces, es divertido, cuando no tienes temas pendientes que solucionar. Otras (y, por desgracia suelen ser predominantes) nos resultan abrumadoras. Culebrones en las nubes. Historias hechas a nuestra medida para poder solucionarlas apoyados en un asiento donde los pelos, acaban por cargarse electricamente y asemejarse a los de aquel chico del anuncio de 11811. Me estremece la idea de que, esta vez, los minutos habrán hecho un sigiloso pacto con el tiempo, y todo pasará mucho más lento que de costumbre. Acabaré mi libro de Sexo en Nueva York y, después, pensaré en lo que ha pasado estos días. En lo que vamos a dejar atrás y, sin más... dar la cara por las consecuencias. Dejarme llevar, eso es...

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