Como si de un simulacro de emergencia se tratara, la luna
señalaba las insignificantes copas de los árboles, al acecho de cualquier
sorpresa que fuera capaz de mostrar. La lluvia había cesado haría casi dos
horas, sin embargo aún podía recorrerse una bonita silueta en la ventana con la
yema de los dedos. La velocidad del tren se apreciaba desde el primer instante;
de repente parecía como si de un pacto caprichoso con el tiempo se tratara.
Todo pasaba más rápido, incluso las pequeñas notas de dolor que tanto cuesta
abandonar. Había dejado la estación de Barcelona después de una intensa comida
de despedida a la que había acudido más familia de la que recordaba tener. Mi
madre, Elena, se había hecho cargo de la organización a pesar de que insistí en
una ligera merienda en mi casa. Al fin y al cabo, París está más cerca de lo
que uno piensa, y más si acabas siendo cómplice de un truco barato que las
arenas del tiempo inventan.
Extracto del libro Mis diez minutos para ti.-

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