Cuando la droga aparece te haces partícipe de su lujuria y
te dejas llevar; y todo parece tan divertido... Después es cuando te crea esa
extraña sensación de dependencia y, finalmente, es cuando sientes que comienza
a matarte, poco a poco. Nosotros estamos en la fase de la dependencia. Sí, como
lo oyes. En ese extraño bucle es en el que me encuentro. Donde ya no sé si me
haces bien o no, donde no quiero darme cuenta de que los momentos en los que el
pecho se me encoge de dolor han empezado a pesar más que aquellos en los que
una sonrisa contagia mi vida. No puedo más, entiéndeme por favor. Entiende que
no consigo hacerle frente a eso que tú me pides de “una oportunidad más”,
porque ya no sirven de nada si las acompañas de tu soberbia, tu orgullo, tus
pocas ganas de ponerme por encima de cualquier cosa. Has cambiado, hemos
cambiado. Ya no me haces sentir “esa mujer”, ahora soy la mujer que te acompaña
en los momentos en los que te apetece sacar tu lado romántico. Pongo las manos
al aire, no puedo seguir peleando contigo y luchando en una guerra que debería
haber terminado hace tiempo. De verdad, ojalá todo lo que dices fuera cierto,
ojalá las mil veces que pronuncias un “lo siento” sirvieran de algo, que
supieras sonreírme cuando soy mimosa, que me mires y sienta que se te derrite
el alma... El problema es que ni tú eres capaz de creértelo. ¿De verdad quieres
seguir haciéndome daño? Deja de matarme.

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